La sombra silenciosa de la guerra: superbacterias resistentes amenazan Europa
En los hospitales ucranianos, una guerra invisible se libra paralelamente al conflicto armado. Mientras los soldados son tratados por heridas causadas por metralla, minas y explosiones, una nueva amenaza surge en sus cuerpos: bacterias resistentes a múltiples antibióticos, algunos de ellos prácticamente invencibles ante los medicamentos disponibles.
Hailie Uren, médica australiana que trabajó en Lviv, recuerda el caso de un soldado británico de 24 años evacuado al oeste de Ucrania. El joven, con la pelvis destrozada por un mortero, preguntó angustiado si perdería la pierna. Su pronóstico dependía de si las bacterias que invadían su herida respondían o no a los antibióticos.
Cuatro años después del inicio de la invasión a gran escala, Ucrania enfrenta una doble crisis sanitaria. Miles de soldados y civiles sobreviven a lesiones graves, pero muchos desarrollan infecciones causadas por bacterias multirresistentes como Acinetobacter, Pseudomonas y Klebsiella. Estas cepas, algunas resistentes a casi todos los antibióticos disponibles, están elevando drásticamente las tasas de mortalidad y complicaciones.
El problema no se limita a los heridos de guerra. Estas bacterias ya circulan en la población general, afectando incluso a niños y pacientes con infecciones comunes. La región de Lviv, cercana a la frontera con Polonia, registra algunos de los niveles más altos de resistencia antimicrobiana del país, lo que representa un riesgo real de propagación hacia Europa occidental.
Las causas son múltiples: el colapso de los sistemas de control de infecciones en hospitales saturados, el uso indiscriminado y previo de antibióticos, y las condiciones extremas de la guerra que favorecen la formación de biopelículas bacterianas. Antes de la invasión, Ucrania ya tenía tasas elevadas de resistencia; el conflicto ha actuado como catalizador, convirtiendo un problema serio en una emergencia.
Frente a esta situación, las autoridades sanitarias ucranianas, con apoyo internacional, intentan mejorar el uso racional de antibióticos y fortalecer la vigilancia microbiológica. Se han implementado guías más claras sobre qué fármacos usar en cada caso, aunque la escasez de medicamentos de última generación limita las opciones.
Un rayo de esperanza proviene de enfoques innovadores. Investigadores como Olena Moshynets promueven el uso combinado de antibióticos que atacan las bacterias desde diferentes frentes, logrando tasas de éxito cercanas al 90 % en algunos casos graves. Además, se desarrollan pruebas rápidas de secuenciación genética para identificar rápidamente las cepas resistentes y elegir el tratamiento más adecuado.
Sin embargo, los expertos advierten que la mejor estrategia no es solo tratar, sino prevenir. Mejorar la antisepsia de heridas desde el campo de batalla, aislar rápidamente a los pacientes infectados y fortalecer los protocolos de higiene hospitalaria son medidas clave. Algunos proponen tratar a los heridos graves como potenciales víctimas de “armas biológicas”, utilizando infraestructura ya existente para descontaminación.
La amenaza ya traspasa fronteras. Países como Alemania, Países Bajos y otros han recibido soldados ucranianos con infecciones extremadamente resistentes, generando brotes localizados y obligando a estrictas medidas de aislamiento.
La resistencia antimicrobiana es ya una de las principales causas de muerte a nivel mundial, superando en algunos años al VIH o la malaria. En Ucrania, la guerra ha acelerado dramáticamente este fenómeno. Si no se controla, podría convertirse en un legado peligroso mucho después de que termine el conflicto armado.
Artículo elaborado por Débora Pérez
Revista Quetzalcóatl, para el Centro de Investigaciones en Antropología Cultural Quetzalcóatl