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Publicado en Salud

El párkinson y las bacterias intestinales: el misterio del nervio vago

Puede empezar con algo sutil: un leve entumecimiento, un parpadeo involuntario, un músculo que se resiste inexplicablemente a estirarse. Con el tiempo, sin embargo, la sospecha se confirma y aparecen los primeros temblores.

Cerca de diez millones de personas en todo el mundo conviven con la enfermedad de Parkinson, un implacable trastorno neurológico que destruye progresivamente las neuronas del cerebro. A su paso, desencadena síntomas devastadores que van desde calambres musculares insoportables y rigidez, hasta pesadillas aterradoras y una constante niebla cerebral. Aunque la medicina actual ofrece tratamientos para mitigar los efectos, el gran interrogante sigue abierto: ¿qué causa el párkinson en primer lugar?

Hoy, un volumen cada vez mayor de investigaciones apunta a un sospechoso inesperado y lejano del cerebro: los microbios que habitan en nuestros intestinos.

Aliados que cambian de bando

En nuestro sistema digestivo conviven cientos de especies microbianas que forman el microbioma intestinal. Por lo general, son inquilinos ejemplares. A cambio del alimento que les proveemos, nos devuelven el favor produciendo nutrientes esenciales como la niacina —clave para transformar los alimentos en energía— y descomponiendo la fibra vegetal que nuestro cuerpo no podría digerir por sí solo.

Sin embargo, a medida que el párkinson avanza en el cerebro, algo cambia drásticamente en el intestino. Un detallado estudio de 2022 publicado en Nature Communications analizó los genomas de bacterias fecales de 724 personas —divididas entre pacientes con párkinson y un grupo de control sano— y descubrió alteraciones biológicas alarmantes.

El grupo con párkinson presentaba una reducción drástica de bacterias del género Prevotella, encargadas de procesar la fibra vegetal. Esta pérdida explica, en gran medida, por qué el estreñimiento crónico suele ser uno de los primeros síntomas de la enfermedad. Al mismo tiempo, el estudio detectó la proliferación de dos especies dañinas de la familia Enterobacteriaceae (el grupo que incluye a la Salmonella y la E. coli).

Según Tim Sampson, biólogo de la Facultad de Medicina de la Universidad Emory y coautor del estudio, estos microbios perjudiciales podrían iniciar una reacción en cadena bioquímica que termina resultando letal para las células cerebrales.

El "segundo cerebro" y el peligro de las proteínas rebeldes

A primera vista, conectar las bacterias del colon con una enfermedad neurodegenerativa parece ciencia ficción. ¿Cómo puede un desequilibrio en el intestino destruir neuronas en la cabeza? La respuesta, explica Sampson, reside en la intrincada red que comunica ambos extremos.

Las paredes de nuestros intestinos albergan el sistema nervioso entérico: una densa malla de neuronas encargada de monitorear la digestión, regular el flujo sanguíneo local y mover los músculos intestinales. Al estar incrustadas en el revestimiento del intestino, estas células nerviosas están expuestas a los compuestos bioquímicos que fabrican las bacterias. Y aquí es donde entran las proteínas curli.

En condiciones normales, las enterobacterias usan las proteínas curli como un pegamento para construir biopelículas protectores. El peligro surge si una de estas moléculas toca a otra proteína humana muy común en las células nerviosas: la alfa-sinucleína. Al hacer contacto, la alfa-sinucleína se deforma, se pliega mal y comienza a agruparse en masas peligrosas.

Estos agregados tóxicos tienen la capacidad de propagarse de célula en célula y emprender un viaje hacia el cerebro utilizando el nervio vago, la gran superautopista de comunicación entre el sistema digestivo y nuestra cabeza. Emeran Mayer, gastroenterólogo y neurocientífico de UCLA, señala en una reciente revisión en el Annual Review of Medicine que, en muchos pacientes, el origen del párkinson podría arrancar justamente con este sabotaje molecular en el intestino.

Evidencias en la superautopista biológica

La hipótesis de que el nervio vago es la vía de transporte de la enfermedad ha ganado una fuerza tremenda. Mayer recuerda un revelador estudio de 2017 publicado en Neurology: los pacientes a los que se les había cortado quirúrgicamente el nervio vago (un procedimiento médico usado antiguamente) presentaban un riesgo significativamente menor de desarrollar párkinson. Es una prueba física difícil de ignorar.

Pero el nervio vago podría no ser la única vía de ataque. Diversos compuestos orgánicos producidos por un microbioma enfermo podrían filtrarse al torrente sanguíneo, viajar al cerebro y provocar una inflamación del tejido cerebral.

Asimismo, David Hafler, neuroinmunólogo de la Universidad de Yale, sugiere la existencia de una respuesta autoinmune. Ciertas células de defensa (células T) activadas erróneamente en el intestino podrían migrar por la sangre, cruzar la barrera hematoencefálica y atacar directamente a las neuronas. Se trata de un mecanismo similar al de la esclerosis múltiple, donde los cambios en la microbiota actúan como el detonante del sistema inmunitario.

Las sospechas cuentan con el respaldo de experimentos contundentes. Ya en 2016, Sampson demostró el vínculo causal al inocular muestras fecales de pacientes con párkinson en ratones criados en ambientes estériles (sin microbioma propio). Los animales desarrollaron rápidamente los síntomas motores de la enfermedad.

Escepticismo frente a las "soluciones milagro"

A pesar del entusiasmo de la comunidad científica, el microbioma es un ecosistema de una complejidad abrumadora. Quedan muchas preguntas por responder: ¿las bacterias alteradas son la causa primaria del párkinson o simplemente aceleran un proceso de deterioro que ya había comenzado en el cerebro? Además, la enfermedad podría ser el resultado de interacciones ocultas entre decenas de especies y no de un único microbio culpable.

Por esta razón, los expertos piden cautela y paciencia. Podrían pasar décadas antes de que estos hallazgos se traduzcan en terapias efectivas y seguras para los humanos. Mayer advierte seriamente a los pacientes sobre la proliferación de suplementos comerciales o promesas de trasplantes fecales que aseguran "curar" o frenar el párkinson de la noche a la mañana.

"Mucha gente gana dinero vendiendo suplementos y prometiendo que detendrán el deterioro cognitivo", advierte Mayer. "Pero la verdad es que aún no hemos demostrado en humanos, sin lugar a dudas, el papel causal definitivo del microbioma. Lo que tenemos son pruebas indirectas muy fuertes basadas en modelos animales".

La conexión está ahí, grabada en nuestras entrañas, pero descifrar el mapa completo del fageoma y el microbioma requerirá seguir investigando la salud humana, minuciosamente, microbio por microbio.

 

Artículo elaborado por Débora Pérez

Revista Quetzalcóatl, para el Centro de Investigaciones en Antropología Cultural Quetzalcóatl